
La feroz batalla en las costas de Tunmen, se repetiría en un segundo enfrentamiento entre fuerzas portuguesas y la armada china del imperio Ming la cual explotó en la ahora hipermodernas aguas territoriales de Hong Kong, a una corta distancia en barco de la actual Macao. Como mencionabamos en una anterior ocasión, los lusos habían logrado escapar casi milagrosamente de un asedio maritimo contra el imperio más poderoso en pleno siglo XVI, lo que, sin embargo no mermo las hostilidades entre occidentales y orientales que a la larga desembocaría en un nuevo choque de mundos. En esta nueva ocasión, se nos presenta un complejo escenario prebélico donde Portugal llevó consigo una segunda embajada ante el emperador del Gran Ming de China. En abril de 1521, los muelles de Lisboa despidieron a una nueva y ambiciosa expedición. Aprovechando la seguridad de la gran armada que zarpaba hacia la India al mando de Duarte de Meneses, una flotilla independiente se abrió paso en el Atlántico. Su destino final era mucho más lejano y misterioso: el Celeste Imperio de China. Al mando de esta misión marchaba Martim Afonso de Melo Coutinho, quien comandaba cuatro robustas carracas. Para asegurar la lealtad en las peligrosas aguas asiáticas, Coutinho confió la capitanía de sus naves a sus propios parientes, Vasco Fernandes Coutinho y Diogo de Melo Coutinho, junto al experimentado Pedro Homem. El propósito de la Corona portuguesa era monumental: se trataba de la segunda embajada oficial enviada para ganarse el favor del emperador Ming. La misión no solo buscaba sellar una alianza diplomática, sino también levantar una feitoría —un enclave comercial permanente— en el punto más estratégico de la costa china. Para lograrlo, los recién llegados confiaban en el terreno ya pavimentado por Fernão Pires de Andrade y el embajador Tomé Pires, quienes ya se encontraban en el interior del país intentando abrir las puertas del imperio.

Figurilla del portugués Tomé Pires, como dato trágico mientras la flota de relevo de Melo Coutinho navegaba en 1521-1522 con la esperanza de apoyarse en él, la realidad en el interior de China se estaba volviendo una pesadilla. Tras la muerte del emperador Zhengde y las noticias de las batallas en Tamão, la embajada de Pires fue rechazada, y él terminó encarcelado en Cantón, donde moriría años después sin ver el nacimiento formal de Macao.

Tras un largo viaje y uno que otro revés la flota alcanzó por fin el delta del río de las Perlas en agosto de 1522, entrando a puerto sin mayor dilación. Para la mala fortuna inicial, aunque un secreto a voces, la antigua misión había sido encarcelada, como ahí en la zona marítima patrullaba una gigantesca flota china encabezada por Ke Rong y Wang Ying'en debido a la temporada de alto comercio. Las autoridades se percataron de la situación que creyeron que restablecer las relaciones con Portugal les obligaría a devolver lo requisado por lo que pronto trataron de evitarlos.
Coutinho intentó agotar hasta el último gramo de diplomacia. Con las bodegas cargadas de obsequios, buscó tender un puente pacífico hacia el interior, pero el almirante Wang Hong y el comisario Zhang Ying'en ya habían tomado una decisión. La flota Ming avanzó como una muralla flotante, interponiéndose agresivamente entre las carracas portuguesas y los accesos. El canal se llenó con un intimidante batir de los tambores de guerra chinos y el trueno de advertencia de sus cañones. Coutinho, consciente de que los oficiales imperiales solo buscaban un pretexto para iniciar la carnicería, ordenó a toda la flotilla mantener su posición y no responder a las provocaciones.

La tensión rompió los nervios de la retaguardia. Al ver que los juncos chinos se abalanzaban peligrosamente sobre su posición, Duarte Coelho do Rego —quien se unió en el Índico y capitaneaba un buque menor de apoyo— ignoró las órdenes de su superior y temerario, ordenó avanzar en solitario y abrió fuego a quemarropa, obligando a la vanguardia Ming a retroceder en mitad de los humos.
Coutinho, furioso por la insubordinación que casi desata la guerra antes de tiempo, le ordenó regresar de inmediato a la línea y lo reprendió severamente en el puente de mando. Tras esto y aún buscando una salida pacífica, Coutinho ordenó atracar cerca de un brazo de tierra y allí hizo vestir ricamente a cinco pescadores locales, y confió valiosos obsequios. Su misión era llevar un mensaje claro a los almirantes: los lusos solo querían comerciar y estaban dispuestos a compensar a China por los desmanes anteriores. Aunque los pescadores le advirtieron que las autoridades Ming no los escucharían, Coutinho insistió. El pronóstico se cumplió con creces los improvisados mensajeros jamás regresaron. Más tarde trato con dos enviados más pero estos fueron recibidos y bombardeados a puros cañonazos. Tras 14 días los lusos entendieron la reticiencia y decidieron emprender la retirada hacia mar abierto. Sin embargo, esto no duraría mucho pronto los Ming abrieron el fuego y finalmente dio paso a la batalla.
En un primer movimiento el junco de Coelho quedó aislado del conjunto portugués pero logró escapar a los atacantes, los disparos de las naves occidentales respondieron, con el que el volumén de fuego provocó daños a la santabárbara de la carraca pequeña de Diogo de Melo Coutinho, lo que dió por muertos a los tripulantes al estallar el barco, mientras que otros cayeron aún vivos al agua de las costas de Tunmen, en ese momento Pedro Homem en un acto valeroso intentó el rescatar a los sobrevivientes junto a su carraca, lamentablemente para él fue hostigada por los atacantes, y, luego su barco fue capturado, entre la trifulca abordo del mismo y en ataques desesperados resultaría fallecido. Cuando todo parecía perdido y la flotilla lusa estaba a punto de ser acorralada de nuevo en alta mar, el clima de la costa de China intervino. Un violento y repentino temporal, un tifón típico de la región, azotó el estrecho. La tormenta, que habría sido una maldición en otras circunstancias, se convirtió en su salvación: dispersó a la armada Ming y permitió que los maltrechos restos de la expedición de Coutinho se perdieran en la bruma, logrando refugiarse semanas después en Malaca.*
**en ese momento exacto, el caos que provocaron las olas gigantes y los vientos huracanados afectó mucho más a los juncos Ming, que aunque eran perfectos para patrullar la costa y los estuarios, no tenían la misma estabilidad que las pesadas carracas oceánicas**.
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