martes, 23 de junio de 2026

Historias de Macao: El choque de Imperios [Portugueses VS Ming de China]

Tras años de tensiones por el comportamiento arrogante de los venidos de tierras lejanas llamados basicamente "Barbaros" por los chinos de la Dinastía Ming, un enviado portugués, Simão de Andrade (quien para ejemplo, construyó un fuerte sin permiso, ejecutó a locales y compró niños esclavizados), quien ciertamente participo de actos cuestionables la paciencia de la corte Ming se agotaba. Al morir el emperador Zhengde, la orden es clara: expulsar a los extranjeros. Cabe recalcar que para ese momento el Imperio de Ming era con mucho el imperio más poderoso sobre la faz de la tierra en 1521. En contraste, los estados occidentales se encontraban saliendo de la Edad Media y fragmentada en reinos en constante conflicto. Mientras tanto, los Ming era una superpotencia absoluta: Un gigante demográfico, económico y militar con una burocracia perfectamente engrasada y una población que superaba los 100 millones de habitantes. Para la corte de Pekín, los portugueses no eran una "amenaza" de igual a igual, sino poco más que unos "bárbaros del sur" (nanman) molestos y maleducados que venían a alterar el orden celestial.
Retrato del emperador Zhengde de China.
Planos de la ciudad y puerto de Macao. Entre otras cosas, los chinos y lusos estaban en punto crítico, en mayo de 1520, una flota portuguesa capitaneada por Diogo Calvo llegó a las costas de Cantón (Guangzhou) llevando consigo una embajada oficial con la que pudieran esclarecerse los incidentes acontecidos. La misma estaba compuesta por la carabela Madalena, y al menos un junco perteneciente a Jorge Álvares (el primer portugues en llegar a China) y algunas otras embarcaciones menores. Las crónicas sostienen que la flota espero anclada al puerto de Tamão para comerciar, pero ante la misión diplomática esta falló debido a la negativa de las autoridades Ming. Así a la muerte de Zhengde, el secretario general Yang Tinghe giro órdenes para los portugueses para que abandonaran el país, mandato que fue nefastamente recibido. Ante el rechazo Diogo Calvo y otros allegados resultaron arrestados por las fuerzas imperiales, así como los comerciantes; también dos naves tipo juncos mercantes provenientes de Siam y Patani. En el mes de junio, cuando el aire ya pesaba con el monzón, Duarte Coelho —explorador curtido y el más leal amigo de Jorge Álvares— irrumpió en el escenario con dos juncos desde Malaca. Bastó una mirada a las aguas cercadas para comprender la amarga verdad: la gloria ya no era una opción; la única victoria posible era la huida. Pero el destino es un viento caprichoso que no atiende a la prisa de los hombres. Las embarcaciones, heridas por el tiempo y la falta de pertrechos, no estaban listas para romper el cerco. Y mientras los carpinteros trabajaban contra el reloj y contra la sombra de los cañones chinos, el alma de la expedición se apagaba. Jorge Álvares, el hombre que había abierto las puertas de China para Portugal, consumido por la fiebre y el peso del invierno tropical, cerró los ojos para siempre. Murió en la orilla de la historia, justo antes que el primer cañonazo rompiera el silencio de Tamão.
Ilustración del portugues Duarte Coelho.
El silencio que envolvía al Río de las Perlas se quebró con el rugido sordo de un gong imperial. Desde los juncos Ming, el aviso de ataque resonó como un trueno, y la muralla flotante comenzó a cerrarse sobre los cansados navíos lusos. Ya no había tiempo para los preparativos, ni para el luto por Álvares. Solo quedaba el hierro. Las crónicas narran que finalmente la batalla empezó presentándose las hostilidades con un movimiento por parte de la flota de Wang Hong (capitán general de la costa china): las fuerzas en combate por ambos bandos eran consistentes en el lado chino cincuenta juncos de distinto tipo, por el portugues cinco barcos. Contra el pronostico de Hong las andanadas de cañones occidentales rompieron en un primer momento los juncos de la armada; causando innumerables bajas, así mismo detuvo el movimiento de las autoridades cantonesas, por otro, la ofensiva se extendió con neutralidad táctica en semanas. A la llegada en medio de la mismisíma pausa de Ambrósio do Rego a Tamão con su navio privado, renovó la batalla, donde lusos velarían por su supervivencia y los Ming buscaban una acción de castigo. El almirante chino, Wang Hong, comprendió que el hierro no bastaba para doblegar a los extranjeros; necesitaba algo más... el fuego. Lanzó entonces los brulotes —naves fantasma cargadas de brea y azufre, convertidas en hogueras flotantes— contra la mermada flotilla. El impacto fue devastador. Las llamas lamieron la noche de Tamão, cobrándose varias vidas y devorando las esperanzas. Duarte Coelho, Calvo y Do Rego miraron el incendio reflejado en el mar y entendieron el mensaje del destino: el tiempo de la espera había terminado. O rompían el cerco en ese instante, o aquel rincón del mundo sería su tumba.

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