miércoles, 20 de mayo de 2026
Historias de Macao: André Pessoa, el Japón de los Shogunes, y la amenaza holandesa
...la cual logró burlar el bloqueo de los Países Bajos y adentrarse en el mar abierto. El coloso portugués navegaba con el viento a favor, pero cargaba con una maldición invisible. André Pessoa creía haber dejado atrás el problema de los japoneses con las ejecuciones y el restablecimiento del orden en Macao, pero en el Japón de los Shogunes, las noticias volaban tan rápido como las flechas. Cuando la imponente silueta del Nossa Senhora da Graça entró finalmente en el puerto de Nagasaki, la atmósfera que recibió a Pessoa no fue la de un mercado entusiasta, sino la de un tribunal silencioso. Entre la multitud que observaba desde los muelles se encontraba Arima Harunobu, el influyente daimyō (señor feudal) cuyos hombres habían sido pasados por las armas en Macao.
Al principio, el negocio fluyó. Las sedas chinas y la plata japonesa comenzaron a cambiar de manos, pero bajo la mesa, la maquinaria de la venganza ya estaba en marcha. Harunobu envió mensajeros secretos al Shogunato de Tokugawa relatando la humillación sufrida en Macao. La respuesta del Shogun fue fulminante: Traigan la cabeza de Pessoa y confisquen el barco.
Carraca portuguesa en el arte japonés. China tenía prohibido comerciar directamente con Japón, y por ello los lusos podían servir como intermediarios mercantiles con todos sus beneficios. Probablemente al tanto de esta situación, y procurando no dar motivos a los japoneses para desviar sus compras al Hirado holandés, Pessoa calmó la situación pidiendo la mediación de los jesuitas y pagando un soborno cuantioso a dos funcionarios: el bugyo Hasegawa Fujihiro y el daikan Murayama Toan. El capitán lusitano intentó jugar sus cartas políticas y envió un memorándum a Honda Masazumi, el ministro de asuntos exteriores del shogunato. La jugada le salió al revés, al dar la impresión de que Pessoa estaba aprovechando el canal diplomático para quejarse a sus espaldas, se ganó de inmediato la enemistad jurada de Hasegawa y Murayama. Curiosamente, el ministro Honda estuvo de acuerdo con Pessoa; prometió limitar la presencia japonesa en Macao y delegar los futuros incidentes a la jurisdicción de la ley local. Ante esto, Hasegawa cambió drásticamente de actitud y volvió a mostrarse conciliador, al punto de asistir a los lusos en la embajada e incluso soltarles un soplo de valor incalculable: Tokugawa Ieyasu planeaba desde hacía tiempo favorecer a los mercaderes holandeses para romper, de una vez por todas, el monopolio portugués. Sin embargo, tanta volubilidad encendió las alarmas. Pessoa y sus mercaderes, desconfiando profundamente de las intenciones de Hasegawa, tomaron una decisión arriesgada el saltarse los intermediarios y pedir una apelación directa ante el mismísimo Ieyasu para exponer los trapos sucios del funcionario. La noticia horrorizó a los jesuitas. El clero conocía perfectamente los hilos del poder en la corte y sabía algo que el capitán ignoraba: Onatsu, la hermana de Hasegawa, era la concubina favorita del ex-shogún y ejercía una influencia colosal sobre él. Pessoa, sin saberlo, acababa de meter la cabeza en la boca del lobo.
Nagasaki pasó de ser un simple pueblo pesquero nipón a un floreciente puesto comercial de mercaderes y misioneros jesuitas, su influencia económica y religiosa atrajo la desconfianza de los poderes japoneses.
Para mal de males de los portugueses las deliberaciones se habían detenido para darle más ahinco a la venganza, en el que por el naufragio en costas niponas del galeón español San Francisco, comandado por Rodrigo de Vivero, cuyos supervivientes fueron conducidos a la corte gracias al contacto por carta que Ieyasu y Vivero habían mantenido en el pasado y allí cuando Ieyasu entero de primera mano del comercio español, decidió que los mercaderes portugueses eran prescindibles y podían ser sustituidos por sus vecinos ibéricos y los holandeses, por lo que autorizó a Arima y Hasegawa a arrestar a Pessoa por cualquier medio necesario.
El 3 de enero enterado de las intenciones de Hasegawa por la comunidad cristiana de Japón, Pessoa preparo su salida de la isla.
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