miércoles, 20 de mayo de 2026

Historias de Macao: André Pessoa, el recelo del Imperio Ming, y la constante amenaza holandesa

A finales del siglo XVI, el confín del mundo conocido no era un páramo desolado, sino una lengua de tierra húmeda, azotada por los tifones y asfixiada por el olor a salitre y especias. Su nombre era Macao. Vista desde el mar, la península parecía una contradicción imposible: sobre las colinas de la costa de Guangdong, las siluetas de las iglesias jesuíticas y las fachadas encaladas al estilo europeo empezaban a alterar un paisaje dominado durante siglos por los templos a la diosa Mazu y los juncos de pesca tradicionales. En sus muelles, las carracas portugueses, con la Cruz de Cristo henchida en sus velas, reposaban junto a los sampanes chinos en un bullicio de varias lenguas, donde el portugués, el cantonés y el latín eclesiástico se cruzaban sobre cajas de seda fina y lingotes de plata. Cualquiera que observara la opulencia de sus mercaderes habría pensado que Portugal había conquistado un nuevo imperio en el Mar de China. Pero la realidad era mucho más compleja, frágil y, sobre todo, astuta. En el gran tablero de los mares orientales, los portugueses en Macao no eran conquistadores; eran, simple y llanamente, inquilinos con el permiso del hombre más poderoso del planeta: el Emperador de la dinastía Ming. Habiéndose establecido en Goa en 1510 y Malaca en 1511, los primeros portugueses llegaron en la costa de China a 1513 desde Malaca. En ese primer momento los lusos arribaron a la isla de Lintin ubicada en el estuario del río Zhujiang (también conocido como Río de Las Perlas), y ahí erigieron un jalón de piedra reclamando la isla para el Rey de Portugal. Existiendo rechazos en diferentes momentos por parte de los chinos a los aventureros, en el que los historiadores concuerdan que tan solo en 1553 su presencia fue permanente en la zona de Macao. Antes de 1557, la relación entre el Imperio Celestial y los navegantes se escribía con sangre, pólvora y contrabando. Para los mandarines de la dinastía Ming, aquellos europeos de barbas largas y barcos colosales no eran más que folangji (bárbaro) peligrosos que violaban las leyes de aislamiento imperial en las islas de la costa de Guangdong. Sin embargo, el mar de China compartía un problema común que amenazaba tanto el orden imperial como el bolsillo de los comerciantes: la peste de la piratería Wokou. En un giro de pragmatismo puro, los portugueses pusieron sus pesados cañones navales al servicio de las autoridades locales, limpiando los estuarios de los criminales y asegurando las rutas de navegación. El agradecimiento de los mandarines no se tradujo en una cesión de soberanía, sino en un trato comercial de palabra: el permiso para levantar unos modestos almacenes de paja en la península de Macao para secar sus mercancías. Sin saberlo, el Imperio Ming acababa de abrirle la puerta al inquilino que transformaría el comercio de Asia para siempre.
Macao basicamente prospero con operaciones desde allí para el comercio con China, sobre todo Cantón, y para el comercio con Japón. Tanto comerciantes portugueses como chinos afluyeron a Macao, y rápidamente se hizo un polo importante en el desarrollo del comercio de Portugal con India, China del sur, Japón, y el Sudeste Asiático.
La zona además pronto lleno de importantes iglesias y conventos. A partir de acá surge un personaje emblematico protagonista de la misma quien se trata de André Pessoa, leal al Imperio portugués, que afrontaría una situación particular, que más tarde sentaria otra peor, es noviembre de 1608 en Macau, donde una nave de sello rojo (barcos mercantes armados japoneses) perteneciente al daimyo cristiano de Hinoe, Arima Harunobu, guareció de un temporal. Su tripulación, muy nutrida y compuesta en gran parte por samuráis, provocaron disturbios por toda la ciudad, atemorizando hasta tal punto que los ciudadanos chinos solicitaron al senado de Macau que tomara cartas en el asunto. Las autoridades portuguesas, sin embargo, se contentaron con pedir a los japoneses que moderasen su comportamiento y que intentaran pasar desapercibidos en la población, sugerencias que no hicieron más que dar más leña al fuego. Por si no fuera poco se unió a los samurái otra tripulación japonesa de un barco que había naufragado cerca, en el que las autoridades ahora se vieron obligadas a endurecer sus medidas.
En 1605, los ataques holandeses llevaron a los portugueses a construir una muralla sin el permiso de China. Ilustración propia. De acuerdo con las crónicas el 30 de noviembre, el contingente japonés dio pie a una monumental reyerta en el puerto y, cuando el ouvidor o magistrado portugués intentó poner paz, los mismos le hirieron y asesinaron a varios miembros de su séquito.
Shuinsen de 1634 con elementos occidentales. Museo de Ciencia Naval de Tokio. Tras la alarma inicial el capitán General Pessoa acudió con refuerzos y puso en fuga a los agitadores, los cuales se vieron sitiados en unas dos cosas donde se atrincheraron; el capitán les habría dado la opción de rendirse, pero 27 samuráis de la primera casa se negaron en redondo, por lo que se mandó prender fuego al domicilio e hizo abatirlos a arcabuzazos cuando salieron. La segunda casa por otro lado corría el mismo destino sin embargo jesuitas intervinieron para salir hasta 50 nipones. Al menos 23 presuntos agitadores resultaron sentenciados por sus actos punicos en el incidente. Resulta tras este hecho el principal barco disponible en el puerto era una embarcación conocida como Nossa Senhora da Graça (o Madre de Deus), la cual, ya llevaba dos años mantenido en puerto debido a la actividad holandesa, pero que contenía una gran cantidad de mercancías acumuladas que se esperaban vender en Japón. Finalmente, el navío tuvo la oportunidad de partir en junio capitaneado por el mismo Pessoa, aunque su salida se adelantó al 10 de mayo a causa de rumores de un ataque holandés, similar al abordaje del Santa Catarina de 1603. Sospechas que resultarían ser ciertas pero que de todas maneras no afectaron al rumbo de la Nossa Senhora da Graça...

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