domingo, 19 de abril de 2026

Acero toledano contra katanas: El choque de titanes en los combates de Cagayán.

Cuando solemos pensar en combates del siglo XVI, probablemente pensemos en algunos conocidos como el Gran Sitio de Malta, en Europa donde en perspectiva el sultán Solimán el Magnífico envió una flota masiva para tomar la isla de Malta y desde allí invadir Europa. En el que pese a todo los Caballeros Hospitalarios y soldados españoles resistieron un asedio imposible, así como múltiples conflictos en fuerzas a decir verdad emparejadas. Pero qué dirías si te contara que existió un conflicto mucho menos conocido pero extraordinario por parte de fuerzas occidentales y del lejano oriente. Una de esas rarísimas historias "entre dos mundos", hablamos del combate de Cagayán en Filipinas. En torno a 1573, los japoneses comenzaron a intercambiar oro por plata en la isla filipina de Luzón, especialmente en las actuales provincias de Cagayán, Gran Manila y Pangasinán. En 1580, sin embargo, ya un corsario japonés forzó a los nativos de la localidad a prestarle fidelidad y sumisión. Antecedentes El primer choque no fue un duelo de espadas, sino de ingenio naval, en las aguas del mar de la China Meridional, el español Juan Pablo de Carrión utilizó su galera como una fortaleza flotante. Mientras los japoneses buscaban el cuerpo a cuerpo, la artillería occidental dictó las reglas del juego, obligando al navío nipón a probar el amargo sabor del plomo antes que del acero, al menos en este primer acercamiento. Vale aclarar como estaban conformados ambos bandos, y su lealtad, por un lado estaba la Armada Española de Filipinas perteneciente a la Corona, al mando del capitán Carrión y por el otro, piratas chinos, coreanos, filipinos y japoneses liderados por Tay Fusa, caudillo y capitán pirata de origen japonés. Así las primeras batallas tuvieron lugar en las cercanías del río de Cagayán en respuesta a los saqueos piratas de las costas de Luzón.
De esta manera se emprendió una misión de "limpieza" para recuperar el control de esa vía fluvial, donde Tay Fusa reunió una flota de 18 champanes y se estableció en el archipiélago filipino. En contrarrestarles, Carrión contaba con una flota de siete embarcaciones de guerra: cinco bajeles pequeños de apoyo, un navío ligero, el San Yusepe y una galera, la Capitana, a bordo de las mismas, aparte de los tripulantes, iban cuarenta soldados.
Allí pese a la creencia popular, iban criollos y una minoría de indígenas de origen tlaxcalteca del Nuevo Mundo. La pelea Fue en el primer movimiento que los soldados hispanos lograron observar a un junco que acababa de arrasar la costa, la Capitana se abalanzó sobre la embarcación y abrió fuego de artillería que causaron los primeros muertos; del cual se intentó abordar el barco, sin embargo los piratas a bordo repelieron a las tropas de Carrión. En una situación difícil los soldados retrocedieron. Duros de roer Los piratas del junco según las crónicas superaban en número a los españoles y aliados, por lo que estos también intentaron abordar la nave y de hecho realizaron su propio abordaje a la cubierta de la galera. Los soldados sin embargo ferreamente establecieron una posición defensiva en la popa y formaron una barrera, con los piqueros delante y arcabuceros y mosqueteros detrás. Carrión cortó también la driza de la vela mayor, que cayó atravesada sobre el combés, creando una trinchera adicional tras la que parapetarse. Entre las descargas de arcabucería y cargas cuerpo a cuerpo, finalmente hicieron retroceder al adversario hacia el junco. Para mal, el San Yusepe llegaba para unirse a la acción, disparando contra el barco y acabando con los tiradores que aún hostigaban a la Capitana.
Con la derrota ya grabada en el horizonte, los piratas supervivientes se lanzaron al mar en un intento desesperado por alcanzar la orilla. Pero lo que debía ser su protección se convirtió en su sentencia, el peso de sus armaduras, aunque ligeras para el combate, resultó fatal en el agua, provocando que muchos se hundieran antes de tocar tierra. La victoria española tampoco fue gratuita, cobrándose la vida del capitán de la galera, Pedro Lucas, entre las primeras bajas en la campaña. Batalla del Río Tajo Una vez recompuesta, la flotilla española continuó su patrullaje por el río Tajo, nombre del río Grande de Cagayán, donde se hallarían los 18 champanes de Tay Fusa, quien había construido además fortificaciones en la desembocadura del río, contando en total entre 600 y 1000 hombres. Carrión consiguió atraerles río adentro, lejos de sus posiciones ventajosas, y allí los dos combatieron a distancia durante horas, hasta que los cañones occidentales, más potentes y mejor manejados, se impusieron; se estima que cerca de 200 hombres de Tay Fusa resultaron muertos o heridos en el intercambio. A partir de acá una pelea abierta ya con espadas (y katanas) y armas de fuego se desató (ya en tierra), en el que poco antes del fragor, y viéndose superados estratégicamente el cabecilla de los wokou pese a la ferocidad inicial decidieron negociar una rendición: a la cual Carrión se negó y les ordenó marcharse de Luzón.
Enfurecidos cientos de guerreros orientales dieron batalla para liquidar a las tropas oficiales, inclusive y sin nada que perder recurrían a la táctica de asir las astas de las picas para abrirse camino o hacerse con estas, por lo que los piqueros y alabarderos optaron por untar sebo en la madera durante las pausas entre las escaramuzas, a fin que resbalaran y fueran más difíciles de agarrar. Al final de la misma los españoles contabilizaron hasta una decena de sus bajas, y mucho más altas de entre los wokou por lo que éstos últimos emprendieron la retirada final. Aunque el valor de los orientales fue incuestionable, su derrota se fraguó en la brecha entre dos mundos militares. Mientras que la ligereza de sus armaduras les otorgó velocidad necesaria para una retirada desesperada, fue esa misma falta de protección sumada a la rigidez casi arquitectónica de las picas y el uso disciplinado del acero toledano lo que diezmó sus filas frente a un contingente español numéricamente inferior. Las bajas de los piratas así se contaron por cientos frente a una decena de soldados de la Corona, demostrando que en el tablero la tecnología europea y la veteranía de los Tercios habían encontrado la fórmula para prevalecer. Las katanas y corazas capturadas como trofeo no fueron solo restos de la batalla, sino símbolos del fin de impunidad para la piratería en el Pacífico.

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